Turpin

Una historia de vida sellada con violencia marca el futuro. Y a menos de que se hallen las maneras de revertir lo malo, las consecuencias se sufrirían de por vida.

Eso les sucede ahora a los hermanos Turpin.

Los 13 hijos están ahora bajo el cuidado de organismos de Estados Unidos.

Y sus padres, David Allen y Louise Anna Turpin, sonríen frente a los jueces que llevan su caso mientras el futuro de los niños busca maneras de florecer y no truncarse.

Últimamente, pocos concurren la «casa de los horrores». La estructura marcada con el número 160 de la calla de Muir Woods, en la localidad de Perris, en California era la vivienda de la familia.

Allí dentro, los padres torturaron y mantuvieron cautivos a sus hijos, de entre 2 y 29 años.

La psicóloga Mónica Mosquera compara la mente humana con una computadora que se programa desde la concepción. Dependiendo de esa «programación», se daría una salida sana.

El temperamento, la personalidad y el carácter de jovencitos con ese background estaría marcado por esas experiencias.

La primera reacción de Louise Turpin cuando se enteró de que no vería a sus hijos por tres años fue reír. Su esposo, tal vez, la secundó por dentro.

A la pareja juzgan un Tribunal ahora. Los trasladaron al lugar como tenían a sus hijos: encadenados.

94 años sería la condena por abuso —uno de ellos de índole sexual—, detención ilegal y torturas.

Producto del encierro y del maltrato, los muchachos presentaron discapacidades cognitivas, desnutrición y falta de conocimientos básicos.

Uno de los niños, de 12 años, tiene el peso y el cuerpo de uno de 7. La mayor, de 29, registró 37 kilos.

Las familias del matrimonio, al margen de esta situación, presumían que todo estaba bien.

—Eran como cualquier familia común y corriente. Y sus relaciones eran tan buenas. Esos chicos eran asombrosos. Se trataban de ‘cariñito’ entre ellos— relató Betty Turpin, la madre de David Turpin, a BBC Mundo.

Dentro de la casa hallaron heces regadas por las paredes y el piso, pañales sucios y montones de basura.

Estar inmerso en una circunstancia de esa naturaleza, para Mosquera, es causante de alteraciones en la personalidad, conflictos de identidad, problemas disociales y trastornos de depresión.

El juicio contra sus padres inicia el 23 de febrero. Y los hermanos, mientras, están hospitalizados.

¿Qué hacer?

Los hijos Turpin pasaron por las mismas experiencias, pero no las vivieron de la misma manera.

En psicología hay un término que marca la ruta de salida o el posible «final feliz» de los chicos. Mosquera lo identifica como resiliencia emocional.

Es posible que desarrollen la capacidad de salir adelante pese a estar sometidos por estos represores que marcan su vida futura (…) Echar adelante la resiliencia y sortear la adversidad.

De repente uno de ellos podría hacerse escritor y relatar lo vivido. O ayudar a personas que experimenten lo mismo. O convertirse en cuidadores de los más necesitados.

Que escriban es probable, relatan agencias de noticias como AFP y Reuters, porque lo único que hacían era plasmar sus días en un diario íntimo.

Hasta ahora, nadie puede predecirlo. Todo depende de cómo tomaron lo vivido.

—Lo cierto es que es muy probable que ninguno esté sano.

Algunos de los hermanos estaban encadenados a sus camas. Otros, rodeados de excremento.

No comían bien y apenas se bañaban una vez al año. Los forzaban a estar despiertos durante la noche. Los golpeaban, les negaban atención médica y los obligaban a asistir a una escuela privada llamada Castillo de Arena cuyo director era su padre y los únicos alumnos, ellos.

Todo eso sucedía en la casa de Perris, a casi 100 kilómetros de Los Ángeles, hasta que una de las hermanas, de 17 años, huyó por la ventana y llamó al 911.

Paralelamente, en redes sociales se mostraban como la familia perfecta.

La psicóloga Gabriela Urdaneta ha visto cómo niños y jóvenes han salido de cuadros así. Han sido maltratados y, con un buen abordaje, el pronóstico es positivo.

Porque el ser humano puede cambiar patrones de crianza. Por lo tanto, recomienda terapias y la intervención de figuras cuidadoras. En este caso específico, Urdaneta recomienda la psicoterapia.

El primer paso es el reconocimiento de lo que se ha sufrido. Identificar los escenarios donde es posible brindar técnicas para comprenderse como dueños de su propio ser. El siguiente escalón es el perdón para reconstruir los pedazos rotos.

—De allí en adelante, dependiendo de cómo sea el resultado, nos percatamos de si podemos avanzar o no. El factor genético cuenta.

Terapias y mecanismos de defensa

La huida de una de las hijas adolescente de los Turpin con uno de sus hermanos se planeó por dos años. El muchacho, al verse expuesto, regresó a la casa de Perris por temor a represalias.

Se cansó del sadismo de sus padres, de que comieran delante de ellos y compraran juguetes que no abrían.

¿Con qué recursos se enfrentan ahora al mundo?

Mónica Mosquera apunta a dos mecanismos básicos de defensa: sublimación y resiliencia.

—Al sublimar, probablemente se conviertan en protectores de los niños, defensores de los derechos, entre otros. Al sublimar, en vez de callar sus dolencias emocionales, las drenan.

La terapia cognitiva-conductual es otra salida.

Se trabajan los pensamientos y la conducta, explica Gabriela Urdaneta. Al estimular los pensamientos se controlan las emociones y después, las conductas. La autorregulación que le sigue ya depende del paciente.

Pero son niños. Y puede que con esas cosas se luche para siempre.

 

Imagen externa: Associated Press. Imagen interna: Facebook/David-Louise Turpin

  • Isabel Cristina Morán

    Periodista de En Conflictos. Diez años de experiencia en periodismo. Narradora. Magíster en Literatura Venezolana. Docente de Periodismo y Literatura.

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