universitarios

En Venezuela, 6 de cada 10 jóvenes, entre 18 y 24 años, no ingresa a la educación superior.

La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) 2017, desarrollada por la Universidad Católica Andrés Bello, detalla esta cifra: «implica un aumento de 10 % versus 2016».

—Entre 2015 y 2017 el acceso a la educación entre la población de 3 a 24 años, en promedio, descendió de 78 % a 71 %. Esto significa que poco más de 9,3 millones de niños y jóvenes en ese rango de edad asisten a clases y que más de 1 millón están fuera de la escuela. En el caso de los jóvenes de 18 a 24 años, casi la mitad (48 %) no estudia.

Luisana Márquez estudia dos carreras. Comunicación Social en la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica) e Ingeniería en Geodesia en la Universidad del Zulia (LUZ). Tres autobuses separan a los institutos universitarios, ambos en Maracaibo, al occidente del país.

Los 200 mil bolívares (70 centavos de dólar a precio de mercado negro) que su papá le asigna a la semana no son suficientes para cubrir la cuota del transporte público. Mucho menos para comer.

Luisana Márquez es una de las pocas jóvenes venezolanas que, a sus 24 años, aún insiste en estudiar: desde 2017, el ausentismo en estas instituciones se ha agudizado.

Voces oficiales

Desde finales de 2015, 15 mil estudiantes de LUZ han abandonado las aulas. Los motivos rondan el alto costo de la vida en Venezuela: inseguridad, falta de dinero en efectivo, alimentación y limitaciones propia de la institución.

El 14 de febrero pasado, el Consejo Universitario declaró a la institución en emergencia académica y operativa.

Pero todavía hay alumnos en las facultades, sostiene Judith Aular, vicerrectora académica.
—No se han retirado por completo. La regularidad en la asistencia ha mermado por la falta de efectivo y el transporte (…) Poco a poco se han ido incorporando.

La cifra de ausentismo oscila entre 30 y 50 %, de acuerdo con el vicerrectorado administrativo.

En ese mismo consejo, se concluyó en aplicar medidas extraordinarias para mantener la institución abierta.

A Luisana Márquez le tocó vivirlas. Ella comenzó la carrera en LUZ en 2012. Tiene año y medio de retraso porque en 2014, 2015 y 2016 cursó semestre único.

—Por lo general, son dos periodos anuales. Pero ha habido muchas paralizaciones, a lo que se suman las circunstancias del país.

De manera que ella ahora corre para graduarse. Con suerte, lo logrará a finales de año. Ha tenido que ajustarse a las transformaciones que aprobaron en el consejo en febrero pasado.

Aular detalla que han reorganizado los horarios. Hay clases solo tres días a la semana y los turnos solo son matutinos. Docentes y personal obrero y administrativo también trabajan con «horarios mosaicos».

Además, «se hace un esfuerzo importante para mejorar la calidad de las providencias estudiantiles» y se ajustó el horario de los programas sabatinos de profesionalización.

A diferencia de LUZ, la Unica es una institución privada. Datos de la Secretaría indican que los estudiantes abandonan el sistema de educación presencial, pero que muchos continúan gracias al sistema de distancia.

Marzo cerró con una matrícula de 3 mil 100 alumnos y entre 300 y 500 nuevos ingresos.

Problema profundo

La mitad de quienes se gradúan de bachiller en Venezuela nunca ingresan a una universidad, según la Encovi. Cálculos de los investigadores revelan que de 1,6 millones jóvenes universitarios, entre 18 y 24 años, solo 416.000 se titulan.

De 4,2 millones de adolescentes que terminan la educación media, 2,1 millones no ingresan a la universidad y otras 500.000 que son aceptados no la inician o la abandonan rápidamente.

—La tasa de desocupación de nuestros jóvenes duplica al índice de desocupación de la población general— aseguró la socióloga Anitza Freitez, directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello.

Lo que se esconde detrás de esta realidad es la penuria de ingresar al mercado laboral antes de tiempo para ayudar con los gastos del hogar.

Manuel Rashadell es profesor del doctorado en Derecho de la Universidad Central de Venezuela (UCV), en la capital. A su juicio, la realidad es «mucho peor que las estadísticas».

En aulas donde antes había 50 o 60 alumnos, ahora él ve 10 o 12.

El hambre, asegura, es la causa.

La gente no puede atender una clase si se desmaya o se marea.

La nutricionista Karina Fuenmayor destaca en este punto la importancia de balancear las tres comidas del día.

La combinación idónea es carbohidrato, proteína, vegetales y frutas, explica Fuenmayor.

—Todos estos juntos, aportan vitaminas, nutrientes y glucosa, que es esencial para el cerebro. Es fundamental hacer las comidas a las horas e incluir carnes o pollo a mediodía.

No comer bien desestabiliza el organismo. Debilita el cerebro. Desconcentra al estudiante y lo aleja del salón de clases.

Cada vez que María Goncalves y Daniel Fernández van a sus clases de Periodismo en la Unica, tratan de llevarse algo ligero de sus casas. Algo que los sustente hasta las 5.00 de la tarde cuando acaben sus «deberes». Algo como una arepa o un pan con queso.

Los jóvenes viven en municipios lejanos, y cuando empezaron la universidad en 2016, el pasaje de transporte público costaba diez veces menos que ahora.

A la deserción estudiantil, Manuel Rashadell le suma el ausentismo profesoral.

—Un docente que prepara clases, corrige, es tutor de trabajos de grado y jurado de tesis cobra al mes 6 mil bolívares (30 dólares, aproximadamente).

Lo que une a Luisana Márquez, Daniel Fernández y María Goncalves es lo que los venezolanos llaman «situación país». Son jóvenes, veinteañeros y con esperanza. Los tres coinciden en que terminarán sus carreras y apostarán por su «casa».

 

Imagen externa: Cristian Hernández | Imagen interna: El Tiempo

  • Isabel Cristina Morán

    Periodista de En Conflictos. Diez años de experiencia en periodismo. Narradora. Magíster en Literatura Venezolana. Docente de Periodismo y Literatura.

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