pobreza

El hambre era tan inaguantable en Europa para la época de la posguerra que un día cayó un
burro muerto y la gente se peleó por los pedazos de carne.

En Venezuela, a veces se comen aves silvestres.

Marta revisa la basura todos los días, Ángel se fue a Ecuador y Pablo es conserje de un edificio, donde se «bandea» con los favores que le hace a los vecinos.

Ellos, venezolanos de nacimiento, son el retrato de la pérdida de la calidad de vida de los criollos. Son el número redondo que la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) anunció recientemente en su Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017: 87 % de la población es pobre.

9 de cada 10 hogares no cuentan con los recursos mínimos para adquirir los bienes necesarios. El estudio —practicado sobre una muestra de 6.168 hogares el último semestre de 2017— asegura que «la pobreza por ingresos creció 5,2% en un año y pasó de 81,8% en 2016 a 87% en 2017».

Sin embargo, para José Mendoza, director del Observatorio Político Venezolano, en esta lectura de la realidad se interponen indicadores sesgados.

Lo que sí se percibe, salva Mendoza, es la pérdida de la calidad de vida de la ciudadanía. Pérdida en familia, en ingresos y dificultades en el acceso a bienes y servicios.

Marta, en silencio, lo confirma. No con palabras sino con su insaciable búsqueda de comida en las bolsas de basura afuera de un edificio capitalino.

Se topa con Pablo, quien le interroga sobre su presencia allí. La mujer, al sincerarse, despierta sentimientos en el hombre. Pero no puede ofrecerle nada, pues él apenas tiene dos arepas para cenar esa tarde y debe compartirlas con su esposa e hijo.

Esta escena, en términos de la economía, se explica a partir del extravío de los indicadores socioeconómicos que «nos hacen ver un retroceso en la calidad de vida y los beneficios sociales a los que se acostumbró el venezolano».

—Los índices de pobreza, sin duda, se han incrementado, aunque no creo que llegue a los niveles del Encovi, pero la hiperinflación, falta de medicinas, alimentos y el desmejoramiento del ingreso salarial causa una contracción familiar— argumenta Mendoza.

 

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Fenómeno histórico

Cuando el burro cayó muerto en alguna calle de Europa, corrían los años de la Guerra civil
española —1936 y 1939—. Y cuando hubo en Venezuela una ama de casa buscando cables
para vender el cobre de su interior, transcurría el décimo octavo año de la revolución bolivariana.

La postguerra española fue más larga que la guerra. La causa: la política económica autárquica, cuya característica es condicionar a una sociedad al autoabastecimiento. Las naciones con este sistema rechazan toda ayuda externa.

En España también faltó el arroz, patatas, harina, carne y azúcar. Solo se podía obtener pan una vez cada cinco días. Al sur del continente americano, en la nación en conflicto, las colas en las panaderías recorren cuadras enteras.

Desaparecieron los medicamentos, también los más elementales medios médicos. Brotaron las enfermedades. Para 1941, España se quedaba sin gente. O se morían de hambre o se iban.

Similar a lo que ocurre ahora en Venezuela.

La pobreza es mayor en ciudades pequeñas y caseríos. Encovi concluye que «74,5 % de la población de estas zonas es pobre, mientras en Caracas, la pobreza alcanza a 34 % de la población».

—La crisis en la que estamos ha hecho que se despierten dos extremos sociales: hay quienes son solidarios y quienes han sacado lo peor de sí por la crisis— opina la socióloga Catalina Labarca.

La historia de otras naciones da muestra de la superación en momentos de conflicto, de crisis.

Como país, tenemos muchas fortalezas individuales por la forma en la que nos relacionamos, pero tenemos pocas fortalezas sociales.

Es que otras naciones apostaron a lo ciudadano, a la responsabilidad común.

—Incluso, en lugares de India y el resto de Asia se centraron en sus fortalezas espirituales. Se han unido para salir juntos del problema— precisa.

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La realidad «golpea»

A Pablo no le da pena pedir ayuda. A Ángel, cuando estaba en el país, sí. Un día perdió su trabajo como empleado en la compañía nacional de electricidad y lo que siguieron fueron meses de pura arepa de maíz. Mañana, tarde y noche.

Todo se volvió un caos: familia, trabajo y matrimonio. El detonante fue el mes de marzo. Se le acabó el dinero y el maíz. Pasó dos días sin comer para sus dos hijos probaran bocado. Su esposa le decía espérate, ya viene la caja del Clap.

En esa misma espera aún sigue Pablo. Hace tres meses que no llega. Y ellos cuentan con eso.

La verdad es que «6 de cada 10 venezolanos (59,6 %) dicen ser beneficiarios de alguna misión social, es decir, 13,4 millones de personas».

—De ese total, 94 % recibe atención de los programas de alimentación o ‘bolsas CLAP’, lo que implica prácticamente la desaparición del resto de las misiones, incluyendo Barrio Adentro, que solo atiende a 1,4 % de la población— arguye Encovi.

Las bolsas de comida llegan a 75 % de los hogares. Sin embargo, más de la mitad (53 %) las recibe sin periodicidad fija. «Esta situación es más marcada en poblados pequeños y caseríos, donde solo 2 de cada 10 hogares la consigue mensualmente».

La población venezolana come menos que en años anteriores.

9 de cada 10 venezolanos no puede pagar su alimentación diaria. 8 de cada 10 declararon haber comido menos por no contar con suficiente alimento en el hogar o por la escasez. Aproximadamente, 8,2 millones de venezolanos ingieren dos o menos comidas al día y las que consumen son de baja calidad nutricional, principalmente tubérculos. Las proteínas están desapareciendo de la dieta. 6 de cada 10 (64 %) han perdido, en promedio, 11 kilos en el último año— cuantifica el estudio de la Ucab.pobreza

José Mendoza sostiene que son esos beneficios del Ejecutivo mecanismos provisionales para sostenerse. Aunque en los sectores más vulnerables no lleguen esos alimentos con regularidad, ese programa salva. Sin embargo, no debería ser una política sostenible.

—El impacto mayor se orienta, sobre todo, a los sectores medios, a los profesionales, a los sectores de empleados…a la clase media trabajadora.

Recuperación de valores: una salida

Catalina Labarca observa a parte de la población. Como sociólogo, su trabajo es analizar el reciente fenómeno social.

Lo que ha percibido hasta ahora es la tendencia de resolver para sí. La inclinación social de comportarse y accionar contra la norma, contra lo establecido.

También alude el duelo y depresión social por «la gran tristeza debido a la pérdida de lo que se tenía». La gente está triste porque siente que no tiene modos de.

Hay grupos sociales que se han unido. Son quienes se ayudan. Esa es el camino que debe tomarse, aclara Labaraca.

—Tenemos que trabajar duro el tema de los valores, tanto los comunes (solidaridad, amor, responsabilidad, trabajo) y los ciudadanos (respeto, colaboración). Es la puerta de salida.

La pobreza aumentó en América Latina durante 2016 y alcanzó 30,7 % de la población regional, es decir, 186 millones de personas.

—Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

 

Imagen externa: Manaure Quintero | Imagen interna: AP

  • Isabel Cristina Morán

    Periodista de En Conflictos. Diez años de experiencia en periodismo. Narradora. Magíster en Literatura Venezolana. Docente de Periodismo y Literatura.

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