frontera

Hace apenas unas semanas, debajo del Puente Simón Bolívar hubo un tiroteo.

—Saquen a esa niña de ahí, que si se forma otra balacera, se la van a llevar por delante.
Habla un «carretillero» y se dirige a una pareja que camina con su pequeña de la mano. El líder de la agencia de viajes que los guía se incorpora al grupo y da más instrucciones a los veintidós venezolanos que debe acompañar a cruzar el puente fronterizo más peligroso del momento.

Por allí, justo entre San Antonio del Táchira —Venezuela— y Puerto de Santander —Colombia—, pasan cada día, en promedio, 37 mil venezolanos. Más Irving y Rosalinda, los papás de Natalia.

Agustín es guía de frontera y trabaja para una de las diez agencias de viaje de la frontera colombo venezolana. Sobre sus hombros carga todo lo que un militar bolivariano quita: laptops, «brazos de cigarros», keratinas y planchas para el cabello.

Detrás, veintidós venezolanos que llegaron a San Antonio el 19 de abril a las 3.50 de la mañana.

—Los militares se quedan con las cosas de las se enamoran. Hay que estar pilas— advierte a su grupo.

Es que en Cúcuta todo vale. Celulares que funcionan o no. Computadoras nuevas o viejas. Relojes sin pilas, artefactos dañados y hasta el cabello.

—Compro cabello, compro cabello— se apresuran a decirle a Mariana, una mujer de 36 años, de estatura 1.68 y con el pelo negro y liso, hasta la cintura.

—Diez mil pesos, diez mil pesos— le ofertan.

Junto con Mariana va su cuidadora, la señora Judith, pues está embarazada. Tras toparse con uno de los compradores, se vuelve al grupo de los veintidós.

Todos caminan en fila. En la angostura del paso, justo en el puesto de Migración Colombia, hay dos letreros, uno que indica el ingreso colombiano y otro que señala el paso extranjero.

Movimiento fronterizo

Revela diario El Espectador que, según Migración Colombia, «hasta diciembre de 2017, alrededor de 600.000 ciudadanos venezolanos habían cruzado la frontera, 182.000 más han salido hacia otros países de la región a través del paso fronterizo de Rumichaca, 175.000 son beneficiarios del Permiso Especial de Permanencia y que, hasta la fecha, hay 53.000 visas expedidas para ciudadanos venezolanos».

fronteraLa entrada al puente está a unos 50 metros de la avenida Bolívar de San Antonio de Táchira. Ya a las 2.30 o 3.00 de la mañana hay movimiento. Vendedores de jugos, empanadas y arepas, viajeros y revendedores de la mercancía que escasea en Venezuela. Incluso, montan campamentos en las aceras para ser los primeros en «sellar» el pasaporte.

Publica el periódico El Tiempo que con los venezolanos, Colombia experimenta la mayor de sus crisis migratorias. Pero también vive la mayor circulación de dinero en su historia.

Los veintidós salieron de Maracaibo, una calurosa ciudad al occidente del país en crisis. Cuatro horas tardaron en «sellar» la salida. En la fila, que recorría tres veces una plaza del tamaño de siete u ocho autobuses, había mujeres, hombres y niños, también parejas y familias enteras.

A todos se les ve con un bolso de mano y un morral en el que no llevan equipaje sino provisiones para no gastar tanto dinero en el camino. Lo que comen los venezolanos en la frontera que nunca duerme se limita a galletas de soda y pan con jamón endiablado y queso amarillo fundido.

Desde la salida, se acostumbran a tomar agua a temperatura ambiente. Porque en Colombia «no existe» el hielo. Demasiado dinero cuesta la electricidad: 100 mil pesos, le dijeron a Judith en un abasto cuando compró una coca-cola para Mariana.

Antes de la compra, fue con el guía de frontera para una casa de cambio y por 680 mil bolívares le dieron 6 mil 800 pesos.

—Con eso puedes almorzar o desayunar dos veces— le acota el guía.

La señora frunce «vira» los ojos.

Y a manera de respuesta, escucha lo siguiente:

—El bolívar en la frontera no vale nada.

Todo se compra, todo se vende

Marinés y Román son primos y van con el grupo de los veintidós. No llevan demasiadas provisiones para el viaje de cuatro días y medio que los separan de Perú, así que van al mercado de Puerto de Santander justo después de «sellar» salida de Venezuela.

Entran, miran. Todo, les parece, está a buen precio. Refrescos, mil 500 pesos; Flips, 5 mil; galletas, entre 2 y 6 mil; pan, 500; chocolates, mil pesos…

A los dos les sorprende cómo se venden galletas, chocolates y bebidas venezolanas.

Román se sobresalta al ver una malta Polar. Pregunta el costo: mil pesos.

—Cómo harán para traerselas para a…— le comenta a Marinés.

El vendedor le interrumpe para darle la respuesta:

—De diez en diez, de quince de quince en quince… o si no, por las trochas.

Por las trochas pasan hasta carros. Y las mafias pasan sus mercancías sin registrar o «pagar peaje» a los militares venezolanos. Precisamente, por esa racha ilegal fue la balacera de hace unas semanas.

—Fueron los maleantes y los militares — apunta el guía de frontera.

El grupo de los veintidós aparcó todo un día en Puerto de Santander. En el camino dejaron las sobras de su patria, representadas en jamón endiablado y queso amarillo fundido. Corrieron sin su corazón, sin su centro del universo.

En un día se hacen familia, aunque sus destinos están repartidos entre Quito, Guayaquil, Huaquillas, Lima, Santiago y Buenos Aires. O hasta donde les alcance el dinero.

A Alondra le alcanzó para Perú. Pagó 15 dólares hasta la frontera y 223 hasta Lima. El total, en pesos, hacía 590 mil. Le sobraron diez mil para pasar el día en el lugar que no conoce el silencio ni la noche.
A todas horas hay gente.

—La frontera la abren a las 6.00 de la mañana y son las 8.00 de la noche y aún hay personas pasando.

La muchedumbre es tanta como en un concierto del cantante del momento.

—Pasan por parte. Hacemos tres paradas, que corresponden a las tres cuadras que nos separan del puesto de control militar. Quien viaja sin asesoría, carga su maleta; quien no, se la da a los «carretilleros».

En la frontera operan diez agencias de viaje, en promedio. Tienen asesores que ofrecen sus servicios en la avenida Bolívar de San Antonio de Táchira. Su trabajo es trasladar a los pasajeros de los 8 o 10 autobuses que llegan a diario desde distintas partes de Venezuela.

Cada unidad tiene capacidad para 40 o 42 personas. 99 % se va de ese país.

Al acercarse a Migración Colombia, Alondra imitó la acción de sus compatriotas: alzó su pasaporte y mostró el sello de salida. Ella y los veintidós lo hicieron.

 

Imagen externa: AFP | Imagen interna: EFE

  • Isabel Cristina Morán

    Periodista de En Conflictos. Diez años de experiencia en periodismo. Narradora. Magíster en Literatura Venezolana. Docente de Periodismo y Literatura.

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